¿Qué desencadena una depresión?

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La depresión 
La depresión según la OMS es una enfermedad grave, es la segunda causa de muerte en el mundo después de las cardiopatías. Y lo más impresionante, es la gráfica exponencial en el aumento de casos (1 de cada 5), y en paralelo el incremento en la venta de fármacos.

Duelos
La vida de todo ser humano está marcada, guiada, interrumpida, incluso diría, sumergida en una serie de puntuaciones, de cambios, de pérdidas. Todas ellas siempre precedidas de otra serie de conquistas, hallazgos e inicios. Desde el primer momento en que llegamos a este mundo nos estamos despidiendo. Del maestro del parvulario, de los juguetes que se rompen, de la mejor amiga, del primer novio, de la casa de los padres, de nuestros hijos, de aquel ser querido que se murió, del barrio, país que dejamos atrás, etc. El humano tiene la capacidad de realizar estos procesos de duelo, se repone de estas pérdidas. Pasado el tiempo, tiene otros amigos, novios, casa, etc.

Se produce una sustitución que no se da de un día para el otro, sino que es posible gracias a lo que llamamos proceso de duelo. El tiempo del proceso es variable y distinto para cada sujeto. Algo que hasta entonces formaba parte de nuestros vínculos, de nuestra vida deja de existir. Lo curioso es que algunas personas se observan que el duelo no se resuelve y cae en la melancolía (depresión)

Veremos que el duelo es un término polisémico. Designa tanto un estado psíquico ante una pérdida, como también un tipo de trabajo psíquico que debemos realizar para elaborar aquello que hemos perdido.

Proceso de duelo 
Decimos que una persona está atravesando un proceso de duelo cuando presenta:
  • Una desazón profundamente dolida, un estado afectivo triste.
  • Hay una pérdida del interés por el mundo que lo rodea: no le interesa ir a trabajar, salir con amigos, estudiar, sólo le interesa aquello que recuerde a lo que ha perdido.
  • Tiene afectada la capacidad de amar, y está
  • Inhibida (bloqueada) para desarrollar cualquier otra actividad que no tenga relación con la memoria del muerto.


Estos cuatro puntos cruciales muestran la entrega del sujeto al proceso de duelo, que no deja lugar a otros propósitos u otros intereses.

¿Qué hace la persona durante este proceso? ¿Por qué en un primer momento siente tanto dolor y más adelante ya no? Popularmente se dice: uno se acostumbra, pero ¿cómo uno se acostumbra a la pérdida de un ser querido? Bueno, uno para amar a una persona la tiene que cargar libidinalmente, ¿qué quiere decir esto? Todo ser humano carga ciertos objetos de la realidad (entendamos objetos como todo aquello con lo que una persona se puede relacionar: vínculos afectivos, lugares, etc.) Es como si tuviera una barita con la que va tocando todo aquello que forma parte de su vida, carga a sus seres queridos, a los lugares donde vive, su escuela, su trabajo, tiene cierta cantidad de su energía invistiendo todos esos objetos que conforman su mundo, su vida.

Retomando la pregunta ¿qué hace el sujeto durante este proceso? ¿En qué consiste el trabajo del duelo? Por un lado, la realidad nos señala que el objeto amado no existe más. Mi padre se murió, mi novio me dejó. Entonces, el trabajo consiste en ir quitando toda esa energía que estaba enlazada al objeto para dejarlo morir, podríamos decir. Sin embargo, el sujeto no está dispuesto a ello. En general, nadie abandona de buena gana aquello que alguna vez lo hizo feliz, tiene más razones para sostenerlo que para abandonarlo. Tras una pérdida o decepción (ante otro, un logro, una posición subjetiva), el sujeto conserva la ilusión de que lo perdido permanece. Continúa viviendo como si nada hubiera cambiado.

El trabajo del duelo sólo se realizará progresivamente, hasta esa creencia ceda lugar a la vivencia de la pérdida. La persona, el sujeto, se encontrará entonces disponible para otras tareas, otros vínculos, otros deseos.

Lo doloroso del duelo es ocasionado, por un lado, por abandonar al objeto perdido, y por otro, porque para abandonarlo es necesario ir desligando la energía psíquica (la libido) que lo conectaba con lo que perdió. Se tiene que ir despidiendo de los lugares, los recuerdos, las palabras que lo unían con la persona querida; es un trabajo de desligazón que se va haciendo pieza por pieza, recuerdo por recuerdo, en cada detalle, en cada circunstancia, en cada elemento de lo compartido con el objeto perdido; por lo tanto, no es de un día para otro, se necesita un tiempo y éste no es sin dolor. El proceso de duelo culmina en la sustitución. La sustitución no tiene que ser necesariamente por algo del mismo orden, sino que se debe sustituir por algo, sea lo que sea.


Actitud ante la muerte 
La muerte de un ser querido nos conmociona, nos toca en los más profundo cuando el vínculo que habíamos construido es de cariño y amor. 

A nivel cultural creemos que la muerte es algo natural e inevitable, el desenlace de toda vida. Sin embargo, nuestra actitud ante la muerte es extraña. Por un lado, porque muchos viven creyendo que la muerte no les va a tocar nunca y tratan de eliminarla de la vida. Si intentamos imaginarla siempre estamos como observadores. Nadie cree en su propia muerte, en lo inconciente de cada uno de nosotros estamos convencidos de que somos inmortales. Por otro lado, si es la muerte de otro, también evitamos hablar de esa posibilidad. Sólo los niños la transgreden, en juegos: “te voy a matar” o si se enfadan con la madre le dicen: “ojalá te mueras”.

La actitud tierna de no hablar sobre la muerte no nos hace inmunes a ella. Cuando se muere alguna persona que nos es próxima: sea un padre, un hijo, o un amigo querido, nos conmueve en lo más profundo y frente al muerto mantenemos una admiración desmedida: le disculpamos una serie de cosas que cuando estaba en vida no soportábamos, lo dejamos de criticar y lo honramos casi más que a los vivos.

Es como si con el muerto sepultáramos nuestras esperanzas, nuestros goces, no nos dejamos consolar y negamos su pérdida.
Lo que queremos mostrarles es que el duelo es un proceso inevitable ante una pérdida, necesario para ir elaborándola, no nos lo podemos saltar ni esconder, y si intentamos aplazarlos, quizás caigamos en un cuadro depresivo. [Hoy los velorios son cada vez más cortos, privados y rápidos. Es por eso que se han hecho cada vez más necesarios en las llamadas sociedades desarrolladas los acompañantes del duelo. Son grupos o personas que nos ayudan a afrontar la muerte, ya sea la nuestra o la de un ser querido.

¿Qué desencadena una depresión?
Hay diferentes caminos: uno puede ser, que el duelo se extienda en el tiempo. Otro camino puede estar ocasionado por una pérdida simbólica. El objeto tal vez no está realmente muerto físicamente, sino que se perdió como objeto de amor.

Situaciones como la perdida del trabajo, el divorcio, el matrimonio de los hijos, la falla o desaparición de un ideal colectivo, migraciones son frecuentes encontrarlas como desencadenantes de los procesos depresivos.
Cuando una persona está sumida en el proceso de duelo el mundo se torna pobre y vacío porque sólo le interesa el objeto perdido; en cambio, en la depresión, el yo del sujeto queda pobre y vacío. Se siente una persona indigna, inservible y despreciable; compadece a su familia y a sus amigos por estar con una persona tan despreciable, se hace reproches, se denigra.

Este punto es interesante porque casi siempre los argumentos que utiliza para reprocharse a sí mismo, son verdaderos, pero sólo parcialmente, porque muestran sólo una parte de él, pero en análisis podemos detectar que no se corresponden del todo con su persona, sino que son rasgos que se ajustan más con la persona que se ha perdido.

Actualmente llevo a una persona que está en análisis desde hace un tiempo, acude porque se siente deprimida. Dice que no sirve para nada, que cuando tiene que hacer las cosas de la casa, se le viene encima todo y que no puede, que es una inútil. Lo que estamos viendo es que, en verdad, antes de que los hijos se marchen de casa, ella podía hacer estas mismas tareas sin dificultad alguna, y eran los hijos los que no sabían hacer nada de la casa porque ella se lo hacia todo. Ahora que ya no están, se siente deprimida.

Otra diferencia con el duelo es que en la depresión se da un desconocimiento de lo que se ha perdido, si bien el sujeto puede saber a quién perdió, pero no lo que perdió en él.  Es por ello, que podemos decir que en la depresión la pérdida de objeto está sustraída de la conciencia, es inconciente, el sujeto desconoce lo que perdió en él.

Siguiendo con el caso anterior. La mujer comprende racionalmente que los hijos se marcharon de casa para hacer su vida, sin embargo, aconteció algo más. Hasta hace poco ella no sabía que había perdido realmente, ella perdió el estar ocupada con ellos, hacerse cargo de la familia, el verse sola, sin saber que hacer, el darse cuenta que todo su tiempo lo dedicaba a ellos. Y es esto último lo que me resulta más doloroso, no el no poder estar con sus hijos en casa como hasta hace poco.

Algo interesante a destacar es que por el mismo mecanismo psíquico normal como es el proceso de duelo puede llevar a algunos a la salud y a otros a la enfermedad. Es decir, que el por el mismo mecanismo que una persona elabora la muerte de un ser querido y puede realizar el proceso de duelo, a otra la puede llevar a una depresión, es decir que no puede resolver el duelo. Entonces, la manera que encuentra la persona que cae en una depresión por una perdida: para tener al objeto amado siempre presente, y así, anular la pérdida ocurre el proceso de identificación con esa persona que perdió. Identificarse es un proceso inconciente que la persona no se entera que está aconteciendo en él. Pero para simplificarlo, es como si absorbiera a la otra persona y ahora, actúa como si fuera esa otra persona. La persona se identifica con el otro y como por una acción mágica empieza a pensar que tiene las mismas características de este otro perdido.

Planteamos que en parte la melancolía es un duelo no resuelto, un trabajo sin culminar. El depresivo se queda congelado ante la pérdida, entonces la tristeza y la desgana se instalan. Toda la energía queda vinculada al objeto amado impidiéndole desear otra cosa, impidiéndole crear nuevos lazos para seguir caminando (atándolo cada vez a eso que perdió)

La depresión produce una impresión inexplicable como toda afección psíquica. Por un lado, el sujeto deprimido se cree realmente que el mundo es gris, es decir, no harán efecto en él los intentos de sus seres queridos por mostrarle que la realidad puede ser de otro color que no sea el gris, el mundo es gris, era gris y lo seguirá siendo toda su vida. Es como si se hubiera colocado unas gafas desde las que ve todo lo que le sucede teñido del color de la tristeza, el desánimo y lo irremediable. A su vez, al estar enfermo obtiene un beneficio de la realidad: deja de ir a trabajar, está en la casa todo el día. Si está muy grave ni siquiera se levanta de la cama y de a poco toda la familia queda a su servicio: no solo no trabaja, sino que se desentiende de las tareas del hogar, del cuidado de sus hijos o estudios y en muchos casos martirizan a los que lo cuidan. Intentar modificar algo en una situación así en muy complejo, porque curarse implicaría ir a trabajar, hacerse cargo de su vida, etc.

A este beneficio se le llama beneficio secundario de la enfermedad. No estaba desde el principio, pero una vez constituida la enfermedad se agrega y en determinadas situaciones hace de la curación un imposible.

Tramitar un duelo, subjetivar una falta, supone dar algo por perdido, pero, a la vez, pagar con algo por ese proceso. ¿Qué ponemos en la tumba del muerto? Esa flor que uno lleva, esas palabras que se dicen como metáfora de la creación y la producción, de lo que del lado del sujeto es protagonismo en la elaboración del duelo.

Para el psicoanálisis no se trata de que un sujeto pueda vivir sin ningún tipo de pena, de dolor, sino justamente cómo enfrenta ese dolor de la existencia humana de otra manera que con la miseria neurótica. Porque la miseria neurótica ya es una respuesta a lo que hay de doloroso en la existencia humana.