La relación de pareja

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Actualmente estamos bombardeados con películas que nos hablan del amor perfecto entre un hombre apuesto y una mujer hermosa; películas con finales felices en los que una vez que se encuentran el uno al otro ya han conseguido todo en sus vidas. Nos persiguen frases en las que leemos que si no encontramos una pareja moriremos solos, frases que nos condenan a ser “solterones” o “solteronas” el resto de nuestras vidas. Sin embargo, este no es sólo un pensamiento actual, es algo que atraviesa al ser humano desde hace miles de años.

Ya encontramos en Aristófanes (Siglo IV antes de Cristo) el mito de la media naranja. Aristófanes toma la fábula del Andrógino, aquel ser esférico completo, perfecto que reunía en sí mismo ambos sexos, y que después de la castración decidida por Zeus, fue dividido en dos mitades, y cada una de ellas originará la partición sexual, dando nacimiento así al par hombre-mujer tal como hoy lo conocemos. Hecha esta división, cada mitad hace esfuerzos para encontrar a su otra mitad que lo completa.

Hagamos un pequeño recorrido por la constitución psíquica del ser humano. El niño llega indefenso al mundo y necesita de alguien que ocupe la función madre para salvarlo de la muerte. En este momento en el que para el niño lo único que existe es la madre, éste se siente completo: él y la madre son uno. Esta escena constituye lo que técnicamente llamamos célula narcisística.

La madre es el primer objeto de amor para el niño y a medida que vamos creciendo y conquistando otros lugares del mundo se van sumando objetos de amor en nuestras vidas: mis amigos, mis profesores, mis hermanos… Y en un momento dado mi pareja. Conozco a esa persona que ciega mi razón y a la que le atribuyo el lugar de la perfección. Como en el mito, hasta hallar mi pareja yo había vivido incompleto.

Desde la separación de la madre, momento en que  aparece en la persona, la angustia y la incompletud, niño y madre dejan de ser dos para convertirse en uno. Cuando un hombre o una mujer, se enamora de otro, ilusoriamente, hace el recorrido inverso, deja de ser dos para convertirse en uno. “Me siento completo otra vez”: “Él es todo lo que necesito” “No puedo vivir sin él” “Cuando estoy con él nada más importa” y un sinfín de frases más que acompañan al éxtasis del enamoramiento. Una sobreestimación del objeto amado junto con un empobrecimiento del yo y la disminución de la capacidad de trabajo constituyen el estado de enamoramiento. Estado pasajero que desde la teoría psicoanalítica denominamos locura transitoria.  

El ser humano pasa su vida buscando la mitad que lo complete. Cuando lo encuentra, primero se enamora de él, después siente que lo posee, y al salir de esta especie de intoxicación, se da cuenta de que esa persona que tiene al lado es completamente desconocida. Hasta el momento estaba compartiendo su vida con una imagen atribuida que tiene mucho más que ver con él mismo, con sus deseos y sus necesidades, que con el otro. Justo en este punto -donde la mayoría de las parejas sienten que ha finalizado el amor, que ya no es lo mismo, que él ha cambiado– el amor tiene que tomar el protagonismo.   

La ilusión de poseer al otro como si se tratase de una propiedad privada es la receta perfecta para sentenciar una relación de pareja. Si yo siento que lo tengo ya no lo puedo desear, si yo creo que lo poseo no le dejo a él desear otra cosa que no sea a mí. De igual modo que vimos con el niño y la madre, tiene que aparecer el tercero. Tiene que haber algo que interrumpa esa relación idílica para que el mundo, perdido de vista durante el enamoramiento, vuelva a aparecer. Si el enamorado siente que la pareja se lo tiene que dar todo le va a pedir que le haga de padre, de madre, de amigo, de pareja…En cambio, si yo lo pienso como pareja y lo va construyendo como tal, si le deja tener su mundo, sus amigos, su trabajo, sus secretos, cada vez que se reencuentre con él será el deseo el que defina la relación con él, y no la pertenencia.